¿El coronel se quedará solo? No, cuando la pluma de Gabo te atrapa

Ilustración: Jorge Santiago

Me acerqué a aquel estante de libros que debo cuidar mejor – apuntado para cuando tenga mi biblioteca y sepultado por otros textos encontré uno que nunca antes me detuve a observar. No sé quien lo compró, pero me atrajo el nombre de una leyenda de la literatura de habla hispana que estaba estampado en su portada. 


La tapa se veía desgastada, era lógico, porque fue impreso en 1986 por la editorial Oveja Negra – era un libro que había existido más tiempo que yo – . En la parte frontal el título destacaba, porque es inusual que nos presenten a nuestro protagonista como un coronel al que al parecer nadie le escribe. Desde ahí notas que la curiosidad es la guía de la lectura.


Me emocioné, abrí el delgado libro con la imagen de un gallo en brazos de un hombre, y observé que la creatividad de algún niño con crayolas quedó plasmada en algunas páginas. Pero bueno, me concentré en el inicio. 



Al parece yo fui la responsable de la creatividad, según mi papá.

El primer párrafo que leí un par de veces antes de entenderlo bien, me mandó directo a la acción, una que parece común pero que plasmó un ambiente crudo que muestra carencias muy familiares.

La historia continuó con la descripción de la casa y el ambiente dónde habita el coronel, y muestra como los problemas se han instalado a su alrededor y la muerte lo ronda como gallinazo. 

Cuando el personaje habla con su esposa se nota el tipo de relación que llevan, una en la que la monotonía guía sus palabras y refleja confianza. Y es que ambos tratan temas cotidianos como si fueran de importancia vital. Desde mi perspectiva, una muestra de que el tiempo les había enseñado que tenían que hablar de todo y nada, siempre poniendo interés en la otra persona.

En el momento en que el coronel habla de un funeral mientras recorre su casa, descubrí que la tristeza muchas veces es impuesta a los niños por los adultos como una tradición, ya que es la manera en la que ellos ven la muerte. Aunque los más pequeños no entienden qué es morir, sí sienten lo que los adultos expresan y son arrastrados hacia el sentimiento de pena y a las lágrimas.

Pero, no todos los seres vivos entendemos la muerte de la misma manera, y creo que el gallo, la peculiaridad de la casa lúgubre del coronel, no entiende que vive rodeado de pena y responsabilidad. Él lo desconoce pero representa la esperanza de la familia, luego que esta despidiera con dolor al menor de sus miembros. 

Que intenso lo que plantea el libro desde el inicio, la idea de pensar ¿Cómo asumir el dolor tras la muerte de una personas que amas? ¿Cómo superar el vacío que te deja el perder una parte de tu ser? creo que alguien que no lo ha vivido no lo entendería, y quién sí ha tenido la desgracia de sentirlo no podría explicarlo. 


Con todo esto en mi cabeza a un dudaba si quería leer el libro. Tenía muchas preguntas, pero no estaba segura si sumergirme en este precipicio de dolor me las respondería. O eso creí hasta que leí la frase más desmotivadora del texto: “Nos estamos pudriendo vivos”, y al fin entendí como la obra reflejaba la realidad. Una realidad dura que se mantiene vigente aunque se haya plasmado en 1957 y publicado en 1961 por primera vez. 

Solo me tomó dos hojas decidirme a leer este escuálido libro de Gabo. Debía asegurarme de conocer la historia de los dos padres sumergidos en la miseria luego de ver como su hijo les fue arrebatado por el destino. Y por lo que leí, al parecer el coronel me dirá mucho de esto antes de quedar olvidado. Quizá luego estará nuevamente enterrado entre otros textos, solo, hasta que alguien como yo lo encuentre otra vez por casualidad. 

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